Hay días en los que un país no cambia, pero se delata.

España no ha despertado de golpe porque haya llegado un Papa. España llevaba tiempo despierta, aunque con los ojos cerrados. Despierta en las cocinas donde se hacen cuentas imposibles. Despierta en las madres que disimulan el miedo para que sus hijos no lo hereden. Despierta en los jóvenes que ya no saben si están construyendo una vida o sobreviviendo a una estadística. Despierta en los mayores que miran el presente con una mezcla de paciencia, tristeza y dignidad. Despierta en todos esos ciudadanos que no salen en los discursos, pero sostienen el país con una heroicidad sin megáfono.

Lo que ocurre es que el ruido no nos deja escuchar el silencio del alma.

Vivimos rodeados de pantallas, consignas, tertulias, bandos, titulares escritos con gasolina y algoritmos que han sustituido la conversación por el sobresalto. Vivimos en un mundo que presume de estar hiperconectado, pero en el que cada vez resulta más difícil mirar a alguien a los ojos sin convertirlo antes en una etiqueta. Progresista. Conservador. Facha. Rojo. Beato. Laico. Globalista. Patriota. Rancio. Moderno. Los nuevos apellidos del desprecio.

Y, sin embargo, por debajo de esa espuma sucia de la actualidad, España sigue teniendo sed de Dios.

No hablo de una sed de sacristía ni de una fe decorativa para procesión de domingo y sobremesa de abuela. Hablo de una sed mucho más honda: sed de sentido, de verdad, de bondad, de belleza, de justicia, de una vida que no se mida únicamente en productividad, consumo, poder adquisitivo y número de seguidores. Hablo de esa necesidad íntima de volver a creer que el ser humano no es un expediente, ni un voto, ni un dato, ni un cliente, ni un usuario, ni una pieza sustituible en la maquinaria fría del mundo.

León XIV ha venido a España y, con una serenidad casi incómoda, ha puesto el dedo donde duele. No ha venido a repartir estampitas espirituales ni a posar para la postal amable de un país que se mira demasiado en el espejo de su propia polarización. Ha venido a recordar algo que la política contemporánea ha olvidado con una facilidad pasmosa: que una sociedad sin interioridad acaba convertida en una pelea de administradores del vacío.

Mercedes Usero Fabra

La política, cuando pierde el alma, se vuelve pura gestión del resentimiento.

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Alzad la mirada- León XIV-Madrid-Mercedes Usero Fabra

Nos han repetido durante años que los políticos son el reflejo de la sociedad. Es una frase cómoda, redonda, muy útil para lavarse las manos con agua institucional. Pero no es verdad. O, al menos, no lo es del todo. La clase política no es un espejo limpio de la sociedad española. Es, demasiadas veces, el resultado de un ecosistema cerrado, clientelar, endogámico, donde se asciende no siempre por talento, servicio o conocimiento real del país, sino por obediencia, alineamiento y pertenencia al clan correcto en el momento oportuno.

España no cabe en una sede de partido. España no cabe en un argumentario. España no cabe en los pasillos donde se decide el destino de millones de personas por quienes llevan demasiados años sin pisar la vida normal.

Para representar a una sociedad hay que haber formado parte de ella. Hay que haberla trabajado, sufrido, pagado, criado, acompañado. Hay que saber lo que cuesta levantar una empresa, pagar una nómina, cuidar a un padre enfermo, buscar colegio, sostener una familia, llegar a fin de mes, asumir un fracaso, volver a empezar. Hay que haber conocido la intemperie de la vida real. Esa que no se resuelve con una nota de prensa ni con una comisión parlamentaria.

Y aquí está una de las grandes fracturas de nuestro tiempo: se toman decisiones sobre la vida de los ciudadanos desde burbujas que ya no comparten sus problemas. Se legisla sobre la familia desde despachos que a menudo desconocen su sacrificio. Se habla de vivienda sin saber lo que significa que un joven mire un portal inmobiliario como quien mira una frontera. Se habla de educación sin escuchar suficientemente a los profesores. Se habla de sanidad desde una distancia que no huele a sala de espera. Se habla de libertad mientras se perfeccionan nuevas formas de vigilancia moral.

Luego nos dicen que la sociedad está crispada.

No. La sociedad está cansada.

Está cansada de que le vendan progreso sin humanidad, libertad sin responsabilidad, derechos sin deberes, igualdad sin mérito, identidad sin verdad, tecnología sin conciencia y política sin grandeza. Está cansada de vivir en un presente donde todo parece urgente y casi nada parece importante. Está cansada de que los poderosos llamen polarización al dolor de quienes ya no se sienten escuchados.

Por eso la llegada de León XIV puede tener un efecto que va más allá de lo religioso. Puede actuar como una grieta de luz en una habitación cerrada. No porque un Papa vaya a resolver los problemas de España —Dios nos libre también del infantilismo de esperar salvadores con sotana, corbata o bandera—, sino porque hay palabras que, pronunciadas en el momento justo, despiertan conciencias que llevaban demasiado tiempo anestesiadas.

León XIV no tiene el carisma volcánico de Francisco. No entra como un vendaval. No parece buscar el gesto que rompe la portada ni la frase que incendia el día. Su fuerza es otra: la de quien habla bajo y obliga a afinar el oído. La de quien no necesita seducir porque viene a recordar. La de quien sabe que, en una época histérica, la serenidad también puede ser revolucionaria.

Hay algo profundamente contracultural en un hombre que habla de paz cuando el mundo premia la agresividad; de dignidad humana cuando todo se cuantifica; de pobres cuando la política los invoca, pero a menudo los administra; de jóvenes cuando tantos los usan como decorado electoral; de conciencia cuando casi todo empuja a obedecer al ruido; de verdad cuando la verdad se ha vuelto sospechosa si no cabe en el relato propio.

España necesita escuchar esto. Y no solo los católicos. También los agnósticos honestos, los creyentes heridos, los laicos cultos, los jóvenes confundidos, los empresarios exhaustos, los padres desbordados, los profesores ninguneados, los sanitarios quemados, los periodistas libres, los jueces independientes, los ciudadanos que aún no han vendido su alma al cinismo.

Porque esta no es solo una cuestión de fe. Es una cuestión de civilización.

Cuando Dios desaparece del horizonte público, no desaparece la religión: aparecen los ídolos. El Estado como dios. El mercado como dios. La ideología como dios. El líder como dios. El algoritmo como dios. El yo como pequeño dios portátil, caprichoso y tremendamente frágil. Y entonces todo se vuelve negociable: la verdad, la vida, la palabra, la familia, la memoria, la educación, la libertad.

Una sociedad puede sobrevivir un tiempo sin fe. Lo que no puede es sobrevivir mucho tiempo sin conciencia.

La gran pregunta no es si España volverá a llenar plazas para ver pasar un papamóvil. La gran pregunta es si España será capaz de llenar de contenido moral su vida pública. Si seremos capaces de exigir a nuestros representantes algo más que habilidad táctica. Si pediremos altura, cultura, servicio, compasión, inteligencia, experiencia real y una mínima decencia espiritual. Si dejaremos de confundir moderación con cobardía, firmeza con fanatismo y libertad con griterío.

La fe dormida de España no está muerta. Está cubierta de polvo, de ironía, de heridas, de vergüenza social, de pereza, de miedo a parecer ingenua en un mundo donde la sofisticación consiste muchas veces en no creer en nada y explicarlo con mucha suficiencia. Pero debajo de esa capa hay una memoria espiritual que sigue respirando. Está en nuestras iglesias, sí, pero también en nuestras plazas, en nuestras canciones, en nuestras fiestas populares, en nuestros pueblos, en nuestras abuelas, en nuestros hospitales, en nuestras cofradías, en nuestros cementerios, en esa forma tan española de sufrir con dramatismo y celebrar con una alegría casi teológica.

España no es un país descreído. Es un país pudoroso con su fe. Un país que muchas veces ha escondido a Dios para no molestar en la mesa de los modernos, pero que lo busca a escondidas cuando la vida aprieta y ninguna ideología consuela.

Quizá por eso este viaje llega en un momento decisivo. Porque España no necesita más ruido. Necesita silencio. No necesita más bloques. Necesita puentes. No necesita más consignas. Necesita conciencia. No necesita más políticos explicándonos cómo somos. Necesita ciudadanos recordándoles quiénes son ellos: servidores públicos, no propietarios morales de la nación.

León XIV ha traído una palabra antigua y, por eso mismo, nueva: reconciliación.

No una reconciliación de cartón piedra, con foto oficial y sonrisa congelada. No una reconciliación que borre las diferencias o convierta la verdad en papilla diplomática. Una reconciliación exigente, adulta, incómoda. La que obliga a mirar al otro sin reducirlo a enemigo. La que entiende que la paz no es ausencia de conflicto, sino presencia de justicia. La que sabe que la dignidad humana no se defiende a ratos ni por bandos.

España tiene sed de Dios porque tiene sed de algo que la política ya no sabe dar: profundidad.

Tiene sed de una palabra limpia. De una autoridad que no humille. De una verdad que no aplaste. De una libertad que no destruya. De una esperanza que no sea propaganda. De una fe que no se use como arma, sino como raíz.

No sé hasta dónde le dejarán cambiar el mundo a León XIV. El mundo tiene defensas muy sofisticadas contra quienes vienen a hablarle de conciencia. Los poderes se inquietan poco ante los discursos previsibles, pero se ponen nerviosos cuando alguien recuerda que la persona humana está por encima de sus cálculos. Veremos hasta dónde le dejan. Veremos hasta dónde llega. Veremos, sobre todo, hasta dónde queremos llegar nosotros.

Porque tal vez el verdadero viaje no sea el del Papa por España.

Tal vez el verdadero viaje sea el de España hacia sí misma.

Hacia ese lugar interior donde todavía sabemos distinguir la luz del neón, la verdad del eslogan, la fe de la costumbre, la política del poder, la esperanza de la propaganda y a Dios de todos sus imitadores.

España tiene sed de Dios.

Y quizá, por primera vez en mucho tiempo, no deberíamos tener miedo de decirlo en voz alta. Gracias Santo Padre por mostrarnos el camino de la verdad y la vida. El Papa León XIV ha llegado para cambiar el mundo que ya no funciona, ha llegado para abrir los ojos del alma dormida. Desde estas líneas le deseo un buen y próspero papado.

A mi me ha cautivado y ¿ a ti?

Por admin